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En las últimas décadas nuestra vida cotidiana se ha convertido en una búsqueda del bienestar a través del progreso técnico.

Esta idea de progreso se traduce en la abundancia de objetos fruto de una potente producción que encaja con un fuerte consumismo al que el mundo de la publicidad nos tiene acostumbrados.

La deslumbrante inteligencia del paradigma consumista ha sido la de fundarse en la destrucción cíclica y no en la duración.

El hasta entonces desafío de los productos a la muerte con su inalterabilidad invierte esta tendencia y produce objetos destinados a una rápida desaparición que hará necesaria su reposición.

Todo este mundo de productos comprables y deseables que nos rodean no proporcionan necesariamente una mejora en la calidad de las relaciones humanas, más bien las diluye y debilita intentando, eso sí, succionar todo lo que pueden ofrecer para el mundo del marketing apropiándose de términos como “amor”, “dialogo”, “afectividad” o “sensualidad”.

De ahí esta idea de presentar relaciones humanas como productos comprables. Códigos de barra se unen y comparten tela con personas que apenas pueden reconocerse, donde sus perfiles carecen de contenido y se desdibujan formando una especie de archipiélagos.

Figuras que son bordeadas, bordadas con un intento de dignificarlas o perfeccionarlas, de fijarlas fuertemente antes e de su desaparición y así retardar los efectos de la imagen labil y efímera del consumismo.

Mapi Gil embroidery – barcodes

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